El muro de cal

Su cuerpo era de formas imperfectas como las de una montaña joven. Blanco como la luz más clara de mediodía se extendía por más de treinta y pico metros recorridos de manera intermitente e irregular. Acostumbraba al tacto fino y fresco incluso en las calurosas horas de verano cuando la gente se apoyaba de él. Sufría a la intemperie como las piedras del camino aunque su forma y destino fueran de un interés superior. Desconchado dejaba ver en su esqueleto el eco de confesiones de amores pasados. Traicionero te marcaba por la espalda si excedías su confianza.  Su olor era el de su acompañante, una brisa embriagada de flor de olmo que canalizaba en toda su extensión. Era un testigo vivo de cuantos vivían en aquella calle. El viejo muro de cal gastada que dividía en dos la calle en que nací.

Calor

Sentía las quemaduras del sol abrasador en su nuca.  Trato de pensar en ello pero ya era inútil. Las rocas desnudas a cuatro mil metros de altitud reflejaban todo el sol a mediodía. La sequedad vegetal era absoluta y desoladora. El infierno en la tierra. Marrones paisajes de matorrales bajos que como un espejismo parecía que ya ardían ante sus ojos como lenguas de fuego. Empapado en sudor solo oía el zumbido desgarrador de las cigarras. Comenzaba a sentir un mareo propio de la deshidratación que sufría. Alberto comprobó como el agua de cantimplora era escasa y caliente. Sus pies cubiertos de ampollas querían estallar dentro de un calcetín demasiado grueso para aquellos parajes. Hacía un rato ya que caminaba a ritmo lento por aquel desfiladero. La piel de sus brazos y antebrazos picaba al rojo vivo en su pálida piel. Sentía la garganta seca y notaba la boca de madera. Sus ojos irritados por el sudor sufrían por mantenerse entornados. Miró el termómetro de su reloj: 42 grados. Imaginó que se refrescaba en la generosa fuente de su pueblo. Estaba seguro de que las ampollas de sus pies tras caminar varios días atrás sobre el asfalto estaban hirviendo.

Un día de playa

Cuando me despertaron los gritos de alegría de mi hermana desde la cocina tuve un par de segundos de desconcierto al tiempo que la luz clara iluminaba todo el cuarto:

  • ¡Mama! ¿Dónde están mis chanclas? ¿y mi bikini Rosa?
  • Te lo llevaste a Irlanda el año pasado. Y échate la crema

Hacía siglos que no íbamos a la playa todos juntos. Aquellas vacaciones mi hermana Ana había podido venir a pasar unos días a Castellón. Desde hacía cuatro vivía fuera, un año ya en Dublín.

Aun recuerdo una de las primeras veces que mis padres nos llevaron a la playa. Debía tener yo unos cinco años y mi hermana once. A mis padres, emigrantes de interior los dos, nunca les pareció demasiado apetecible aquella  aglomeración humana a treinta y cinco grados. Bañados por un agua caliente, nuestro Mediterráneo. No entendían que bondad podía tener todo aquel engorro de arena y sal. Una piscina o un rio como mis vivencias contarían siempre fueron más de su elección. Nunca hemos sido una familia que anhelase en el octavo mes del año el mar. Pero claro a los niños…a sus niños había que llevarles.

Aquel día de mitad de los noventa en mi cabeza la playa era un lugar místico, absolutamente mágico. Como aquellos cuentos que comenzaba a aprender a leer, los viajes de Gulliver, la leyenda del temido Sandokan, o esa versión adaptada de mi hermana de 20.000 leguas de viaje Submarino cuyos dibujos –que otra cosa podía entender- me dejaban fascinado. Recuerdo el incomodo de la ingente cantidad de crema solar que mi madre tuvo a bien aplicarme en mi piel aun por estrenar. Un claro contraste con mi bañador. Aquellos cocodrilos verde claro quedaron inmortalizados en el “Album del 94. Verano” .

Dentro de ese coche con las ventanillas bajadas y sin cinturón de seguridad traseros tomamos la concurrida carretera hacía la playa. El secarral litoral se alternaba con apartamentos realmente nuevos y altos, altísimos en realidad a mis ojos. Marrón claro y azul cielo, algunas gotas de gris. Matorral seco y olas brillantes, esqueletos de hormigón. Mis padres discutían sobre si la bolsa de hielo se saldría de la nevera mojando el maletero debido al calor. Una idea que me hacía pensar en el mar helado como aquella bolsa. En ocasiones pequeños recuerdos se quedan grabados en la retina aunque no se den en la realidad. El mar enorme y helado lleno de peligrosas criaturas. El mar enorme y helado velado por delfines dispuestos a velar por mi bien, una imagen de película.

Mi hermana siempre atenta aquellos años me enseño a utilizar el cubo y la pala. Seguía siendo una niña por más que mi madre comenzara a desconfiar. Construíamos juntos. A mí lo que sin embargo me fascinaba era la textura de la arena. ¡Qué fina era! . Me cuentan que no paraba de decirlo. La cogía con la mano y maravillado desoía las clases de ingeniería que con tanto interés me explicaban. Se escurría entre mis dedos en un santiamén. Una caricia convertida en bloque al ser mojada. Había incluso distraído mi impacto inicial sobre la inmensidad del océano a mis menudos pies. De la mano de mi padre salté mis primeras olas.

Hoy volvemos a la playa, hoy es noche de San Juan.  Donde todo ha cambiado tanto y todo sigue igual, la textura de la inmensidad, el amor de una familia. Aquel mar helado cercado ahora completamente por bloques de hormigón.

Un papel en blanco los encerrará,
Y en cada adjetivo ocultará una intención letal
Que esa rima esconderá en una llave de tinta invisible.

Todas las calles caminará y en los bares de siempre se abandonará, sientiendo lo que sin remedio cada noche lo reunirá consigo mismo en un encuentro que parezca casual.

Hasta que deje por inercia de caminar.

Relea entrelineas, y se decida a andar.

Se pierde en la noche

 

No, no me digas que ahora llueve

Ven , dame todo lo que tienes

Ven, cuéntame eso de que me quieres

Ver, que sientes que yo no pueda

Tener, tatuado tu nombre en mi

Piel, y me dices que quieres

volver, ¿y no será lo mismo que

Ayer?, de pronto tan entregada

A ver, al que esperas hoy no viene

Dios, cuantas noches sinsentido

Crei, que te habías ido ya al fin

Pero nunca habías venido

                                     No, ¿y esta noche cuanto (nos) duele?